mario bros

El pasado día de la madre a mi hija menor se le ocurrió que podíamos retomar nuestros tradicionales juegos que hace tiempo cambiamos por viernes de pelis. Así que desempolvamos la consola y nos sentamos controles en mano para dar  inicio a la travesía de rescate de la princesa Peach, que como sabrán los seguidores de Mario bros, fue secuestrada por Bowser y compañía.

Como dije, tenía mucho tiempo que no jugaba, quizás más de un año y decidimos empezar desde el mundo 1. Me costó unos minutos recordar cómo usar el control y volver a sentir la familiaridad con él, hasta que los movimientos se volvieron automáticos.

Pasamos los primeros niveles y  empecé a equivocarme. Cada dos por tres tratando de escapar caía encima de un honguito, con lo que  teníamos que volver a empezar, y era siempre de la misma manera, en el mismo punto y con el mismo hongo. Luego de una buena dosis de carcajadas por mis errores y mi clásica exclamación de “Mande”, haciendo alusión a mi atolondramiento, recordé que, lo que estaba pasando, en realidad para mi cerebro no era una equivocación,  había aprendido a ejecutar ese movimiento con calidad una y otra vez, sabía perfectamente cómo ejecutarlo, solo que no era el resultado que yo quería.

Ya había descubierto lo que pasaba, ahora, ¿cómo romper con ese programa en mi cabeza? Había que aprender uno nuevo con información adecuada para mis fines: llegar entera a conquistar el dichoso banderín que corona cada parte del juego.

¿Qué hice? Me permití volver a empezar sintiendo lo que había estado haciendo y siendo consciente de los movimientos de mi personaje y de mis dedos, así la siguiente vez realicé algunos cambios, pulsando el botón para brincar en un punto diferente de donde lo venía haciendo para evitar caerle encima al hongo furioso  y funcionó.  Eso nos permitió pasar la prueba y  hacer el baile de triunfo, y me refiero a nuestros personajes, yo, he de confesar,  ya había celebrado antes con un efusivo: “Yes” desde que pasé el punto de bloqueo.

Y dado que parece que no puedo evitar ponerme a enlazar   estos eventos con la vida allá afuera, pensé en cómo hay ocasiones en la vida en que nos seguimos tropezando con la misma piedra, de la misma forma. Perece una piedra magnética, atrayéndonos invariablemente a golpearla. Prefiero, en lugar de culpar a la pobre piedra preguntar ¿qué estoy haciendo? y ¿cómo puedo hacerlo diferente? Con ello tendríamos sin duda, la mitad de un nuevo camino andado.

La vida es pues un maravilloso parque de juegos que nos permite experimentar lo que elegimos y cuando estamos dispuestos a ver con otros ojos descubrimos nuevas maneras de brindarnos bienestar y decidir por dónde y cómo queremos transitar. ¿No lo crees así?

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