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Estaba yo de visita en la playa, conociendo la ciudad y dedicada a la introspección. Ya me tenía conocido el camino del departamento a la zona costera que  me llevaba unos 10 minutos caminando. Una mañana muy temprano  decidida a conocer la zona dorada, programé el GPS del teléfono celular y me coloqué los auriculares para seguir las instrucciones. Todavía escucho el sonsonete del famoso -gire a la derecha.

Todo hubiera sido muy sencillo si las instrucciones consistieran en derecha, izquierda, de frente o devuélvase que ya se equivocó.

Llevaba caminando apenas unas cuadras cuando en una esquina sentí algo y me pregunté si debía dar vuelta ahí para tomar la calle perpendicular. No hice caso a mi intuición y me seguí. Cuadras más adelante empecé a escuchar de manera cada vez más insistente: “- Camine en dirección oriente hacia la avenida no recuerdo su nombre.”  Señalaré que soy sumamente desorientada, por más que mis hijas me explican no logro retener si hay que ponerse de frente o de espaldas a donde sale el sol y luego la derecha es el norte o es la izquierda. Así que  Cristina a seguir hacia adelante. El calor empezaba a ser ya sofocante. Era como si solamente oyera las indicaciones pero no fuera consciente de que se repetía cada vez más seguido el mismo mensaje, lo que me debió haber indicado de que iba por el camino incorrecto.  En otra esquina encontré a un chico vendiendo periódico y me indicó que siguiera hacia adelante, aunque no lo vi muy seguro en su respuesta, continué. Minutos más tarde llegué un punto en donde la calle por la que iba terminaba, giré a la izquierda hasta encontrarme con una señora de un puesto de comida quién amablemente me indicó que la calle que buscaba estaba por dónde había venido. Retorné sobre mis pasos, mientras lo hacía una piedra se metió en uno de mis tenis. -¿Cuánto tiempo puede caminar una persona con una piedra en su zapato? – pensé y me reí. – A veces uno se encariña con la piedra y aunque sabe que la lastima no se atreve a soltarla. Me detuve y me quité el tenis para sacar la piedra. Continué. Adivinen hasta dónde. Sí, a la esquina aquella en donde sentí que debía dar la vuelta. Me tomé un descanso porque estaba a punto de un desmayo con aquel calor sabroso playero. Entré a un centro comercial a tomar un veinte de aire. Creo que esta expresión entró en desuso después de la devaluación del peso, aquella en la que le quitaron los tres ceros, porque hubo una época, aunque no lo creas, en que un veinte valía, pero bueno, esa es otra historia. Volviendo a la que estábamos, me quedé en la tienda a respirar con mayor libertad a la sombra y con aire acondicionado. Una vez que volví a agarrar valor para seguir con mi peregrinación bajo los rayos del sol continué hasta encontrarme con otra centro comercial, ya les estaba tomando cariño. Ahí me resguardé por media hora, a escasos doscientos metros más encontré finalmente la zona dorada.

Ese día, además de disfrutar del paseo, de tener la oportunidad de platicar con varias personas y caminar como no lo había hecho en mucho tiempo, aprendí que debo hacer caso de la intuición y de que en la vida siempre hay señales, y nos habla cada vez más alto hasta entender que por donde vamos no es el camino hacia donde queremos ir, hasta incluso ponernos  calles cerradas. Y en definitivo no siempre solemos tener la apertura de reconocer las señales, para ello es necesario abrirnos a la posibilidad de estar equivocados y bueno, en cuanto a la piedra en el zapato, aunque se tratara de un diamante, en ese sitio no dejaría de lastimar.

http://www.cristinagalvan.com

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